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Vicente Gómez Córdoba



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miércoles, 5 de marzo de 2014

LA CUARESMA Y EL CARNAVAL.





  Desde pasionmenciana intentamos transmitir de alguna manera una visión realista y humana de la religión. Esta visión tiene su fundamento en el convencimiento personal de que la religión  en su origen no deja de ser una respuesta a tantos interrogantes que el hombre aún tiene por responder y por ello nunca ha de olvidar de ninguna manera la materia (de la que estamos hechos) y el tiempo (momento en el  nos ha tocado vivir) y del que somos responsables .  En esa linea inalienable nos consideramos seguidores  de toda idea que  de sentido al diario transcurrir y refuerce el incalculable valor de todo ser humano , su presente y la tarea ineludible  de mejorar su futuro. Creemos que el Padre Jaime Loring , jesuita de casi noventa años , representa los valores que mencionamos, de ahí el que traigamos este artículo publicado en el año 2006.
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  • A Dios ni le va ni le viene con que os quedéis sin comer, que os pongáis vestidos de tela áspera, o que os cubráis la cabeza con ceniza


La cuaresma y el carnaval están histórica y sociológicamente vinculadas entre sí. La cuaresma es un período de 40 días marcado por la preparación a la celebración de la Pascua y de la Pasión de Jesús. El carnaval nace asociado a la cuaresma. Puesto que durante la cuaresma se habían de suprimir todas las actividades de divertimento, el carnaval constituye una concentración de actividades lúdicas. Como si se quisiera llegar en tres días a tal saturación de fiesta y diversión, que no se las echara de menos durante los 40 días siguientes. Fue así como se introdujo otra celebración de signo exactamente contrario al de la cuaresma: el carnaval.
Cuando teníamos una sociedad supuestamente creyente y católica al cien por cien, cuando las instituciones civiles juntamente con las instituciones eclesiásticas estaban integradas en una única unidad sociopolítica, tanto el carnaval como la cuaresma conservaban sociológicamente su carácter original, diversión en el carnaval, austeridad en la cuaresma. A medida que la sociedad se ha secularizado, a medida que la creencia y práctica religiosa no cubre la totalidad completa de la sociedad, sino una parte de ella, el carnaval y la cuaresma se han independizado una de otra. El carnaval ha quedado como un festejo civil autónomo, igual que la feria o los patios, si bien con sus características particulares. La cuaresma es vivida por el sector creyente y practicante de la sociedad.
Este hecho sociológico puede ser visto con nostalgia por quienes lamentan el agotamiento de aquel sistema sociopolítico que se denomina la "cristiandad", o de forma más restringida el "nacional catolicismo". Sin embargo permite colocar cada cosa en su sitio, darle a cada acontecimiento su propio significado. El carnaval aun teniendo su origen en la cronología del calendario litúrgico, dadas sus características de jolgorio y diversión, ha podido perdurar en la sociedad secularizada desconectado de sus orígenes.
Por lo que se refiere a la cuaresma, una vez se ha desligado de su vinculación a las estructuras sociopolíticas, puede ser revivida con más cercanía a su sentido espiritual. La cuaresma, cuarentena, o período de cuarenta días, tiene una evidente relación con el relato evangélico del retiro de Jesús al desierto precisamente durante cuarenta días. A decir verdad el número de 40 tiene un sentido simbólico, más que cronológico. El número de 40 es usado en Biblia con frecuencia para indicar un período de tiempo significativamente prolongado. Cuarenta días duró el diluvio, cuarenta años tardaron los israelitas en cruzar el desierto del Sinaí al emigrar de Egipto, cuarenta días señaló Jonás para la destrucción de Babilonia. Podemos deducir del relato evangélico que Jesús se retiró al desierto un cierto tiempo, antes de comenzar su actividad pública, y como preparación a ella. Cuánto tiempo exactamente duró este retiro no lo sabemos con precisión.
Hemos heredado la tradición de vincular la cuaresma con privaciones de tipo corporal: el ayuno y la abstinencia, la supresión de festejos ruidosos. Todo ello son respetables tradiciones heredadas. A su vez reducen el alcance de su sentido. Pudiéramos recordar a este propósito dos mensajes bíblicos. El primero es el del profeta Isaías y sus críticas a las prácticas penitenciales corporales de sus contemporáneos. A Dios ni le va ni le viene con que os quedéis sin comer, que os pongáis vestidos de tela áspera, o que os cubráis la cabeza con ceniza. Dios lo que quiere es que se socorra a los necesitados, que se proteja a las viudas, se libere a los cautivos, en una palabra, que se practique la justicia. El segundo es el del propio Jesús . El estilo de vida adoptado por Jesús de Nazaret fue muy distinto del adoptado por Juan Bautista . Sus contemporáneos lo advirtieron, y se lo hicieron notar repetidas veces. Llegaron incluso a acusarle públicamente de llevar una vida un tanto disipada, reuniéndose a comer y beber con gente no recomendable. Jesús aceptó los hechos, y justificó su manera de proceder. Lo que mancha al hombre, decía, no es lo que entra por la boca, sino lo que sale del corazón, no las cosas que toca, sino las acciones que hace.
A partir de estos dos mensajes bíblicos reencontramos el auténtico sentido de la cuaresma. No es preciso que esté centrada en la privación de ciertos alimentos o en mortificaciones de tipo corporal, sino en la conversión interior, asumiendo en nuestro proceder los valores y criterios de elección propuestos por el propio Jesús. Es el momento de reexaminar la autenticidad y veracidad de nuestra fe y confianza en lo que él consideró que era la verdad. Y en la medida en que sea necesario, reorientar nuestra vida.
*    Jaime Loring. Profesor jesuita


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